Quizá por eso los seres humanos también manifiestan deseo ante lo desconocido. La promesa del descubrimiento nos llena de vida. Buscamos seguridad pero, en cuanto la tenemos, la ponemos en peligro.
La permanencia y la seguridad son ilusorias. Tales ilusiones atraen a las mentes codiciosas; la atracción fomenta el deseo; los deseos dan pie a los apegos; y los apegos al sufrimiento. Nos apegamos a las cosas, incluso a las cosas malas.
Preferimos lo malo conocido a lo malo por conocer. Es un consuelo que nos envenena lentamente, pero nos acostumbramos tan pronto que ni siquiera notamos su sabor. Tras largos períodos de conocer otra cosa, los prisioneros terminan temiendo al mundo que hay más allá de sus celdas. Si un día se abrieran todas las verjas, muchos permanecerían donde están.
viernes, 1 de mayo de 2009
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